Despertares

Enviado por Gabriela el viernes, 22 febrero, 2008 a las 10:02

Me acuerdo que era jueves cerca del medio día, cuando me  tocó exponer mi genograma en el taller. Había sido difícil escudriñar mi historia familiar, fue dificil escribirla y fue difícil contársela a mi grupo. Pero sin duda, lo más difícil fue escuchar lo que había sido evidente para todos y nunca lo fue para mi: el que había sido víctima de malos tratos. Me acuerdo del momento exacto en que esa información ingresó a mi conciencia y se produjo algo parecido a una explosión cerca del cuello, que bajó lentito por los hombrosy se instaló en mi guata. Miré a mis amigas, miré a la Carmen y no se me olvidará jamás la sensación de profundo amor y compasión que sentí. Llegué a mi casa y creo que permancí acostada toda la tarde, acurrucada contra mi almohada. Así, sintiendo la profunda ignorancia en la que había vivido.

Ayer, a eso de las 9 y media de la mañana fui nuevamente conciente. Salí nuevamente de la ignorancia. Con la diferencia que esta vez la que dañó fui yo. Sentí la misma expansión en el cuello y los hombros, las lágrimas en los ojos, la información en la puerta de la conciencia. Esta vez no tuve las miradas de compasión y me faltó la tibieza de los abrazos de ese jueves, el tiempo para acurrucarme lo desplacé por informes y entrevistas. Es que cuando uno hace daño tampoco lo anda contando.

No es invalidante. Ser conciente no te limita hacer las cosas cotidianas, trabajé igual, me reí igual y comí igual. Tampoco es una sesnación desagradable, no es angustia. Me siento más chiquitita y menos habladora. Más llorona eso si. Los ojos se me llenan de lagrimas a cada rato, pero no es para largarse a llorar. Siento como un dolor tibio y constante.

Fisicamente, ando con las manos y los pies fríos. Supongo que la sangre se habrá desplazado al corazón, que es lo que tengo congelado.

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